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domingo, 3 de julio de 2011

Ser uno mismo

El interesante artículo de Borja Vilasecà, Vivir sin Máscaras (El País Semanal, 3 de julio 2011), me ha hecho reflexionar, y eso ya es mucho.
El autor trata el peliagudo tema de ser uno mismo, en un mundo cada vez con más máscaras. Hay una serie de anotaciones bien interesantes para comentar y pensar un poco sobre ellas.
  • "En vez de mostrarnos auténticos, honestos y libres, solemos interpretar un personaje que es del agrado de los demás"
Es bien cierto. No ser honestos ni libres afecta a todo nuestro ser, a nuestra forma de pensar y actuar, tanto en la vida personal como en la profesional. Y la honestidad, la autencidad, debe ser la de cada uno, en la que cada unos de nosotros cree y defiende. Es decir, tan lícito es poder manifestarse en el ámbito laboral como creyente y seguidor de una determinada fe o iglesia, como la de poder manifestar que se es comunista, liberal u homosexual, sin que ello conlleve soportar las críticas y burlas de los demás. O lo que es peor, una infravaloración de las capacidades profesionales o llegar a ser despedido por ello. Y en ambos campos se dan casos a diario. Tan lícito, respetable y aplaudible es que en agosto quieran venir a Madrid jóvenes católicos de todo el mundo a reunirse con su guía espiritual, como lo son las manifestaciones de aquellos mismos jóvenes que no se sienten representados por esa espiritualidad. Tan lícito es aguantar los atascos y cortes de calles por las celebracioones de unos como por las celebraciones de los otros. Eso es vivir y con-vivir con los demás, en democracia y libertad.

Pero ese poder ser honesto y libre siendo cada uno tal y como es, tal y como piensa y cree, conlleva también otros dos aspectos importantes: lo que piensan de mi los demás cuando soy auténtico y la verdadera autenticidad y honestidad.

  • "¿Qué más da lo que piense la gente? La opinión de las otras personas solo tiene importancia si nosotros se la concedemos"
Es decir, me importará lo que opinen los demás en la medida en que esas personas son importantes para mí, aprecio su criterio, sus opiniones me aportan valor y me enriquecen. Soy yo quien les doy el poder para que sus opiniones tengan influencia sobre mi forma de ser, para que me juzguen y llegado el caso, me condenen o aplaudan. El vivir constantemente pendientes de las opiniones de los demás supone un desgaste psicológico tremendo, además de una manifiesta falta de confianza en uno mismo y de autoestima. Debemos aceptar que obremos de la manera que lo hagamos, siempre habrá gente a la que le guste, a la que no le guste y a la que le deje indiferente nuestro actuar.

En nuestra sociedad, cada día más se confunde la autenticidad y honestidad con la agresividad emocional y dialéctica, la falta de respeto hacia el otro y la falta de educación. Nos están enseñando que cuanto más gritemos las verdades a la cara del otro, envueltas en insultos y zafiedad, más auténticos somos y más honestos. Y ello no es cierto. Cuando demuestro mi disconformidad con la vista comentada más arriba de ese guía espiritual, haciéndolo con insultos y vejaciones, automáticamente me convierto en tan cavernícola como cavernícolas les llamo a ellos. Cuando insulto, desprecio e degrado a otra persona por su orientación sexual, me convierto en un ser tan zafio o más como a aquel al que trato de zafio. Y como decía aquel chico cuando en su instituto le insultaban: "decidme algo que no sepa".

Honestidad y naturalidad casan perfectamente con respeto y libertad. Y si siendo yo honesto y auténtico los de enfrente me insultan, el problema es de ellos, no mío. Y si no les considero a ellos en valor, ¿qué me importa lo que opinen? Y además, con la que está cayendo en ambos lados, como dicen el autor del artículo inspirador de este blog, "hoy en día ser uno mismo es un acto revolucionario".

Pues eso, a ser revolucionarios, que ya es hora.





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